El tiempo que no veremos
Hoy vi a una pareja de adultos mayores jugando con sus nietos. Eran tres pequeños: uno de tres años, otro de dos y un bebé de apenas ocho meses.
Estaban ahí, disfrutando plenamente el momento. Los dos mayores corrían con una energía que no se agotaba ni con el sol, ni con la lluvia, ni con el calor o el frío. Eran felices. Miraban a sus abuelos y se reían; iban y venían como las olas del mar, dando todo de sí mismos y viviendo el presente sin más, porque esa es la maravilla de los niños.
Corrían, sonreían, se sonrojaban, achicaban los ojos y se dejaban abrazar por esas manos que ya habían vivido tanto; manos llenas de amor y de ternura, cargadas de experiencias, frágiles y un tanto arrugadas.
En medio de las risas, escuché a la mujer decirle a su esposo: “Qué bonitos son… ¿Cómo serán cuando tengan veinte?”.
Él la miró en silencio, y ella añadió: “Nosotros no los veremos, ya no estaremos”.
Esa frase me atravesó. A veces pensamos que la vida nos pertenece en su totalidad, que siempre habrá tiempo para todo, que veremos crecer a quienes amamos. Pero lo cierto es que el tiempo no siempre alcanza.
Y quizás ahí está la invitación: a no esperar, a abrazar hoy, a mirar con gratitud lo que tenemos delante. A dejar huellas que sigan viviendo en quienes amamos, aunque un día ya no estemos para verlas.
«El tiempo que no veremos es el motivo para vivir intensamente el que sí tenemos.»
A veces una frase escuchada al azar nos cambia la perspectiva. ¿Alguna vez han sentido que un instante ajeno les atravesó el alma como me pasó a mí hoy?
Gracias por leerme, tu presencia en este espacio es muy valiosa para mí.
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