El miedo de cruzar el océano y dejarlo todo
Después de mucho pensarlo y meses de revisar, llegó el día. Estaba en mi oficina, un poco cansada de todo; más que del trabajo en sí, del desgaste de compartir cuatro años con las mismas personas y de un ritmo de vida que ya no me llenaba. En el fondo, la decisión ya estaba tomada: quería un cambio extremo. Quería irme a donde nadie me conociera y empezar de cero.
Empecé por el principio. Saqué la cita para mi pasaporte y, en noviembre, ya lo tenía en mis manos: ese pequeño libro que se convertiría en mi llave para cruzar fronteras.
Como buscaba un lugar 100% desconocido, en diciembre el destino se reveló con claridad: Londres. La ciudad vibrante de las películas, donde el idioma es diferente, donde no conocía a nadie y donde el clima, con su frío, sus estaciones y su lluvia, era un universo distinto a mi país tropical. Los buses rojos de dos pisos, el Big Ben, conducir por el sentido contrario… todo me parecía tan emocionante como aterrador. Me dije: «Vamos para Inglaterra, ¿por qué no? Puedo estar hasta seis meses solo con el pasaporte». Sentí una mezcla extraña de ilusión y miedo que, lejos de frenarme, me motivó aún más.
La decisión se hace real
Una tarde, sentada en una cafetería después del trabajo, busqué los vuelos. Esa misma noche, al llegar a casa, el sueño se hizo real: mi viaje ya tenía fecha y hora. A partir de ahí, todo debía tomar forma, pero, extrañamente, los días pasaban y yo seguía trabajando sin organizar nada. En lo único que avanzaba era en estudiar inglés y ver videos sobre cómo pasar migración.
Migración… eso sí que me daba miedo. Me aterraba nada más imaginar que llegaría y no podría pronunciar palabra. Mi cabeza era un caos de «y si…»: ¿Y si me devuelven? ¿Y si no me dejan pasar? Mi mente era un torbellino de dudas y cuestionamientos.
Diciembre llegaba a su fin igual que mi trabajo. El 30 de diciembre hice la entrega oficial de mi puesto y sentí un placer inmenso al saber que no volvería a esa oficina; los problemas que llegaran ya no me correspondían. Era libre para hacer algo por y para mí. Ahora tenía tiempo.
El último adiós a lo conocido
Mi vuelo salía el 18 de enero hacia Heathrow. Extrañamente estaba tranquila; yo decía: «Tengo 15 días para hacer todo». Como era fin de año, decidí irme a casa de mis padres a disfrutar de esos planes tan nuestros: estar reunidos, contar historias, bromear, comida por montones, risas y abrazos. Y sí, despedimos el año juntos, llenos de alegría y mucho amor.
En el fondo, todos sabíamos que no sabíamos cuándo volveríamos a estar así. Yo me iba con planes de no regresar pronto, aunque mi miedo insistiera: «Bueno, si me devuelven en inmigración, estaré aquí de vuelta el 20 de enero».
Pasaron los días y yo estaba feliz con mi familia. Pasó una semana, pasaron dos, y yo seguía tranquila, pero el 13 de enero la realidad me golpeó: ¡no tenía nada listo! Empecé a comprar abrigos, maletas, ropa térmica y medicamentos; lo básico para sobrevivir al invierno londinense. Solo llevaba una maleta pequeña, pero sentía que cargaba mi vida entera en ella.
El 16 de enero fue un día diferente, un tanto agridulce: una última cena y la última noche en casa con mis padres y mi sobrina. Al día siguiente llegó el momento de partir hacia la ciudad donde despegaría mi avión.
El peso de la partida
A las 9:30 a.m., con el pasaje en la mano, se abrieron las puertas del llanto. Ya era real. Me iba al otro lado del océano. Por dentro sentía felicidad, pero por fuera el dolor de la partida era físico; sentía que abandonaba lo que más amaba. Lloramos todos: mis padres, hermanos, sobrinos… todos éramos uno en lágrimas, unidos en una tristeza que partía el alma, pero que convivía con la sed de conocer algo nuevo. Me acompañaron a esperar el bus y, tras un último abrazo, un beso y una foto, llegó el adiós.
Me subí al bus, me senté, miré por la ventana y lloré. Era, quizá, la decisión más valiente y difícil que había tomado en mi vida. Había vivido en otras ciudades y conocía la independencia, sabía lo que era estar sola, pero es que nunca había salido del país. Nunca había estado al otro lado del mundo sola, sin los míos. El bus avanzaba y yo iba dejando atrás todo lo que amaba: mi familia y el lugar donde nací.
¿Alguna vez has tomado una decisión que te hiciera llorar de miedo y de emoción al mismo tiempo? Te leo en los comentarios.
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