Los tiempos del alma
Un día común y corriente, en medio de la rutina y el silencio, un pensamiento me invadió con una claridad tan intensa que removió las aguas más profundas de mis emociones. Por un instante me quedé en blanco, como si me hubiera descubierto a mí misma.
Comprendí que a veces vivimos con prisa. Queremos resultados inmediatos, recompensas rápidas, certezas al instante. La paciencia se nos escapa entre los dedos. Queremos que todo ocurra ya: los sueños, los cambios, los proyectos. Evaluamos los procesos como si ya hubieran terminado, sin concederles el tiempo que necesitan para madurar.
Nos saltamos etapas. Deseamos pasar directo a la meta, olvidando que, así como planificamos e iniciamos, también debemos ejecutar, ajustar, aprender. Cada logro tiene su propio ritmo, su propio compás. Y la vida, sabia y paciente, no se rige por nuestros relojes. Cada proceso merece ser cuidado, afinado y celebrado, porque el resultado final no es más que la suma de todos esos pequeños avances que solemos pasar por alto.
Esta semana me encontré cuestionándome. Aun con lo que sé sobre la voz interior y el autocuidado, me descubrí preguntando:
¿Por qué somos tan duros con nosotros mismos?
¿Por qué nos juzgamos con tanta severidad?
¿Por qué comprendemos con ternura a los demás, pero no a nosotros?
¿Por qué nos cuesta tanto reconocer nuestros pasos, aunque sean pequeños?
Todo surgió porque hace un tiempo emprendí un proyecto, un sueño en realidad, y de pronto, me escuché pensando: “He sacrificado tanto y no he logrado nada.” En un instante, mi mente se llenó de dudas, críticas y quejas. La batalla interna fue tan intensa que hasta el cuerpo lo sintió.
Pero los días siguieron su curso, y entre la rutina y el silencio, algo se iluminó dentro de mí. Me dije: “No, no es cierto.” No puedo ser tan dura conmigo misma. He logrado mucho, aunque no todo. He crecido, he avanzado, he vencido miedos. Quizá no tengo aún los resultados tangibles, pero he florecido por dentro.
He aprendido a estar conmigo, a intentarlo una y otra vez, a valorar los procesos invisibles. He vivido experiencias únicas, he tachado sueños de mi lista y he aprendido del valor de la espera.
Y entonces lo entendí: mi mente, enfocada solo en la meta final, había nublado todo lo que ya estaba floreciendo.
El alma, sabia y paciente, tiene sus propios calendarios.
Mi tarea no es forzar la cosecha, sino cuidar la semilla cada día.
Y tú… ¿qué pequeño avance en tu vida merece ser celebrado hoy, aunque nadie más lo vea?
Gracias por leerme, tu presencia en este espacio es muy valiosa para mí.
Puedes leer más de mis escritos aquí. https://bitacoradeinstantes.com/category/instantes/

