Somos instantes en la inmensidad
Aquí estoy, sentada frente al mar.
Siento cómo la brisa acaricia mi rostro, mientras la arena se adhiere suavemente a
mi piel y las olas, en su ir y venir, mojan mis pies, invitándome a sumergirme.
El sol, poco a poco, le da color a mi blancura.
Miro hacia el infinito, donde cielo y mar se confunden. Me pierdo en ese espacio y me desconecto completamente de lo lógico y controlado.
Mi corazón encuentra paz y palpita suavemente, relajando cada parte de mi cuerpo y dándole un respiro a mi mente y a mi alma de todas las preocupaciones diarias.
En ese momento, en el que estoy y no estoy, me pregunto:
¿Qué soy yo en medio de esta inmensidad?
¿Qué significo para este planeta?
¿Cuál es mi misión en este mundo?
¿Por qué estoy aquí?
¿Qué puedo hacer si todo es tan inmenso y yo soy una miniatura?
Somos insignificantes para el universo, pero aun así, en conjunto, tenemos la
capacidad y la fuerza de generar cambios.
Cambios que pueden ser positivos o negativos, para mejorar o para destruir.
De forma colectiva podemos modificarlo todo.
Pero, ¿para qué?
¿Para el beneficio de un egoísta, la riqueza de un egocéntrico, la división de las masas?
O, tal vez, para algo mejor: cuidar a los seres vivos, mejorar lo que no funciona, mantener la riqueza de la naturaleza, descubrir secretos del mundo sin hacer daño.
Y nosotros, de forma individual, somos tan pequeños…
Y aun así, durante el corto viaje llamado vida, nos preocupamos, nos enojamos, a veces nos sentimos infelices.
Creemos que nuestros problemas son enormes, que determinadas situaciones son eternas, que no hay salida, que todo es injusto.
Pensamos que los momentos de felicidad son fugaces, que la satisfacción es momentánea y que tener cosas materiales nos completa.
Pero cuando las tenemos, nos sentimos igual, como si fuera una sensación falsa.
Creemos que lo viral da placer, y después descubrimos que todo deja un vacío.
Así pasa la vida: los días, los meses y los años…
Y en algún momento comprendemos que nada de eso valía la pena.
La vida es un abrir y cerrar de ojos: somos un respiro, tan solo instantes…
Un conjunto de momentos, situaciones y experiencias que, al final del viaje, ya son
historia para quienes las recuerdan.
Somos un momento en este mundo, y por eso debemos procurar vivir con sabiduría.
Dejar huella: un aprendizaje, un recuerdo positivo para quienes nos rodean.
Ser felices, disfrutar, encontrar plenitud, ser coherentes con nosotros mismos.
Amar y amarnos inmensamente.
Entregar desde el alma, vivir lo bueno y lo malo de la mejor manera.
No ahogarnos en la oscuridad de una situación pasajera.
Tener paciencia en las tormentas porque llegará la calma.
Y siempre recordar: todo llega, todo termina, y nada dura para siempre.
Y tú, ¿qué instante quieres dejar en el mundo?
Gracias por leerme, tu presencia en este espacio es muy valiosa para mí.
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